Hay voces que no se aprenden en conservatorios ni se fabrican en estudios de grabación. Voces que nacen en la tierra, se moldean en la convivencia cotidiana y crecen con el pulso de una comunidad. La de Lázaro Caballero es una de ellas. Mañana lunes, cuando suba al escenario del Festival Nacional “Rivadavia Canta al País”, el cantor formoseño no traerá sólo un repertorio de canciones: traerá una forma de entender el folclore como identidad viva, como memoria compartida y como presente en movimiento.
Caballero llega a Mendoza en un momento de madurez artística. Con poco más de treinta años, pero con más de dos décadas de escenarios recorridos, se ha consolidado como una de las figuras más reconocidas del folclore argentino reciente. Su nombre convoca, su estilo se reconoce de inmediato y su vínculo con el público se sostiene en algo que no se puede fingir: la coherencia entre lo que canta y la vida que eligió vivir.
INFANCIA, FAMILIA Y CANCIONES
Lázaro Caballero nació el 4 de septiembre de 1992 en Formosa, una provincia donde la música popular no es un adorno cultural sino parte del aire cotidiano. Allí, el contacto con el canto fue precoz. A los tres años recibió su primera guitarra; a los cuatro, instrumentos de percusión; y a los siete ya estaba arriba de un escenario, en Pozo del Tigre, realizando su primera presentación formal. No fue un juego pasajero ni una anécdota infantil, sino el inicio de un camino que nunca abandonó. “Yo canto desde que tengo memoria”, contó en una entrevista reciente, al repasar sus primeros años de vida ligados al folclore.
Y recordó esos primeros tiempos con una mezcla de gratitud y naturalidad. La música, declaró, estaba presente en su casa, en los encuentros familiares, en la escuela, en los actos comunitarios. Lejos de una formación académica rígida, su aprendizaje fue orgánico. Escuchar, imitar, preguntar, equivocarse. “Aprendí mirando y escuchando a los mayores. El folclore se aprende así, compartiendo”, dijo en la misma nota. Y es el método que marcaría para siempre su manera de entender la música.
De modo que no fue una decisión forzada ni un plan estratégico: cantar era, simplemente, lo que sucedía. En ese entorno aprendió a escuchar antes que a imponer, a respetar los silencios tanto como las melodías, y a entender que el folclore no es una suma de géneros sino una manera de narrar la vida.
FORMOSA Y UNA IDENTIDAD
A diferencia de otras regiones del país, Formosa no carga con una única marca musical que la identifique de forma excluyente. El propio Lázaro lo ha definido “Mi provincia no tiene una música por la que se la defina solamente. No es sólo chamamé, ni sólo zamba, ni sólo chacarera”, ha dicho en varias ocasiones. Esa ausencia de una etiqueta rígida terminó siendo, paradójicamente, una fortaleza para él. Desde temprano entendió que su identidad artística debía construirse a partir del cruce, de la mezcla, de los bordes.
En una entrevista brindada en Entre Ríos, el músico explicó con claridad que “Mi identidad musical tiene que ver con cosas pertinentes al Litoral y a la cultura. Eso abarca Formosa, el norte de Santa Fe, Paraguay, Bolivia, Salta”, explicó trazando un mapa que excede las fronteras administrativas. Ese mapa cultural amplio se traduce en un repertorio que dialoga con el chamamé, pero también con otros ritmos del norte argentino, sin encasillarse ni buscar legitimaciones ajenas.
REFERENTES Y APRENDIZAJE
Como ocurre con muchos artistas del folclore, la formación de Caballero no se dio solo en escenarios, sino también en la escucha atenta de quienes lo precedieron. Entre sus referentes aparecen nombres fundamentales como Mario Bofill, Zito Segovia, Jorge Cafrune y Atahualpa Yupanqui, figuras que no solo marcaron una estética musical, sino una ética del canto popular. “Ellos me enseñaron que el folclore no es solo cantar bien, sino decir algo con sentido”, expresó Lázaro en distintas oportunidades.
De Cafrune toma la idea del cantor comprometido; de Yupanqui, la profundidad poética; de Bofill y Segovia, el arraigo al Litoral. Esa herencia no se copia: se metaboliza.
De todos ellos tomó algo más que canciones: una manera de pararse frente al público, una idea del compromiso cultural y una noción clara de que el folclore no se agota en la repetición de fórmulas. En ese sentido, su trayectoria puede leerse como una continuidad sin copia, como una herencia asumida sin solemnidad.
LOS FESTIVALES, SU TERRITORIO
El recorrido de Lázaro Caballero por los grandes festivales del país es extenso y sostenido. Su debut en el escenario mayor de Cosquín en 2012 y la posterior consagración en 2014 marcaron un punto de inflexión en su carrera. A partir de allí, su nombre comenzó a repetirse en grillas centrales y a consolidarse como una referencia dentro del circuito festivalero.
Jesús María, Diamante, la Fiesta Nacional del Chamamé en Corrientes y numerosos festivales provinciales fueron ampliando su público y fortaleciendo su presencia. Sin embargo, Caballero nunca habla de estos hitos como conquistas individuales. En sus declaraciones suele destacar el rol del equipo, de los músicos que lo acompañan y del público que lo sigue desde hace años. “El festival es una fiesta del pueblo. Uno va a compartir, no a lucirse”, señaló en más de una entrevista.
Para él, el festival no es solo un escenario: es un espacio de encuentro social, de celebración comunitaria y de transmisión cultural. Allí, el canto deja de ser individual y se convierte en experiencia colectiva.
UNA RELACIÓN DIRECTA CON EL PÚBLICO
Uno de los rasgos más notorios de Caballero es su capacidad para establecer un vínculo directo con quienes lo escuchan. No hay distancia impostada ni gestos grandilocuentes. Su presencia escénica se apoya en la palabra sencilla, en el relato breve, en la mirada cómplice. Y en la sinceridad.
Durante un paso reciente por Entre Ríos, Caballero fue consultado sobre la chamarrita, uno de los ritmos característicos de la provincia. Su respuesta sorprendió por la honestidad: “No la conozco, no la escuché nunca. Me imagino que debe ser linda, pero no la voy a cantar si no la siento”.
UN HOMBRE SENCILLO
Lázaro ha hablado ocasionalmente en entrevistas sobre su amor por los animales, en especial los perros, de la compañía de sus mascotas y de la importancia de esos vínculos afectivos en su equilibrio personal. “Mis mascotas son parte de mi familia. Me acompañan y me dan equilibrio”, confesó. Lejos de ser un dato menor, ese costado humano aporta una dimensión concreta a un músico que, aun con reconocimiento nacional, se mantiene anclado a lo esencial. La sensibilidad que aparece en sus canciones tiene un correlato en su forma de habitar lo cotidiano.
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Eduardo Freire